martes, 23 de mayo de 2017

LA HIJA DEL ENTERRADOR

Nací en pequeño pueblo, donde mi padre era el enterrador. Vivíamos en una humilde casa a la entrada del cementerio.
No tuve hermanos y tampoco amigos, el trabajo de mi padre no facilitaba las relaciones a una niña, vivir en el cementerio, mucho menos.

Así que pronto me acostumbré a jugar a solas y a tener amigos imaginarios, muchos de ellos enterrados en el cementerio, mi lugar de juegos. No era extraño verme sentada frente a alguna de las tumbas, hablando con sus muertos.

Al ser un pueblo pequeño, los entierros no eran muy habituales, por lo que mi padre además se encargaba de mantener aquel lugar lo más decente posible. 
El día que fallecía alguien era casi un acontecimiento social, eran pocos o ninguno los que faltaban al velatorio del difunto y más tarde a su entierro y funeral.

Con la llegada del buen tiempo, hacia las tareas de la escuela junto a la tumba de Doña Manolita, la antigua maestra del pueblo. Estaba convencida que ella me ayudaba a terminar mis tareas con éxito.
Además algunas tardes, le leía algún que otro poema de esos poetas que tanto le gustaban, unos días a Miguel Hernández, otros a Rafael Alberti y otros poetas de la llamada Generación del 27.
Mis lecturas a Doña Manolita, dependían de si podía coger o no los libros del desván, mi padre los tenía guardados en un baúl cerrado bajo llave, siempre pensé que debían ser muy valiosos e importantes, tanto o más que el dinero, era lo otro que guardaba bajo llave.

Mi padre no sabía que yo no conocía la existencia de aquel baúl, lo encontré por casualidad, un día de lluvia jugando en el desván.

Fue Don Críspulo, el maestro del pueblo, quien me dijo que debía tener cuidado con aquellos libros y que nadie debía saber que los teníamos.

Por aquel entonces no entendía el porqué de mantener ese secreto, con lo bonito que escribían. Pero yo por sí acaso llevaba siempre aquellos libros guardados a buen recaudo en una bolsa que mamá me hizo para llevar mis libros y cuadernos a la escuela.
Nadie sabía que llevaba en ella cuando paseaba por el cementerio, sólo mis muertos y yo; y los muertos que todos sepamos no hablan y tampoco ven, por lo que mi secreto estaba a salvo.

Los sábados por la mañana recogía algunas flores en el campo y preparaba un ramo para la tumba de Don Frasco, él fue el médico del pueblo hasta que una indigestión lo mató una tarde, después de un día de caza.
El pobre hombre sobrevivió a una guerra y lo mató un dolor de estómago.

Murió solo, nunca se casó y no se le conoció familia, así que desde que mi padre me contó su historia, me comprometí a mantener siempre su tumba limpia y con flores.

Don Frasco fue el médico que me trajo al mundo, además mi padrino de bautizo; me bautizaron nada más nacer, no tenían demasiadas esperanzas puestas en mi supervivencia, debido a una insuficiencia respiratoria.
Me llamaron Milagros, años después sigo haciendo honor a mi nombre, aunque mis padres siempre me llamaron Milagritos y en el pueblo me conocían como la hija del enterrador.

Cuando terminaba de limpiar y colocar las flores en la tumba de Don Frasco, me sentabajunto a ella y le dedicaba unos minutos de oración, fue un hombre religioso y no faltó nunca a su misa diaria.
Después le leia a Federico García Lorca, unas veces fragmentos de "Yedra",otras veces poemas de "Poeta en Nueva York", aunque su favorita, siempre fue "La Casa de Bernarda Alba."

Pero si había una tumba especial para mi, era la de mi madre, se llamaba Esperanza y una mala gripe se la llevó cuando yo apenas había cumplido los diez años, para entonces ya me había contagiado la pasión por la lectura.
Su tumba estaba cerca de casa, en el suelo y rodeada por una valla de madera pintada de color blanco, que papá hizo con sus manos entre sudor y lágrimas; mamá siempre quiso una casa en el campo con vallas blancas.

El día de su entierro llovía tanto que parecía que el cielo también lloraba su pérdida, pero papá hizo su trabajo con gran entereza, enterró al amor de su vida, entre lágrimas, sudor y barro.

Nunca volví a ver a mi padre llorar, hasta una mañana, cuando se llevaron a Don Críspulo en un carro junto a otros hombres, entre ellos el barbero, el pobre hombre había enterrado a Jacinta su mujer, dos semanas antes dejando a tres hijos de corta de edad.

A mamá le leía "Mujercitas" lo dejamos a medias el día que murió, nos gustaba leerlo juntas. Mamá leía y yo escuchaba hasta que me quedaba dormida, entonces mamá me arropaba hasta la barbilla y se marchaba para dejarme descansar.
Ella me enseñó a amar la lectura y me descubrió mundos maravillosos a través de ella. Pero nunca me habló de los libros escondidos en el desván.
La tumba de mamá la visitaba a diario, le contaba mi día a día, con mi padre apenas hablaba, desde que ella murió se volvió un hombre huraño y triste, ese fue otro de los motivos por el que me refugié en el cementerio y sus muertos.

A los dos dos días de llevarse a Don Críspulo y a los otros hombres, trajeron al cementerio el mismo carro donde se los llevaron con varios bultos al anochecer, mi padre salió de casa con la cabeza baja y con lágrimas en los ojos, una vez más lo veía llorar.
Lo vi cavar un hoyo lejos del resto de tumbas y echar en él aquellos bultos, pasada la media noche terminó de tapar aquel hoyo, entonces se arrodilló y rezó, era la primera vez que veía a mi padre rezar.

A la mañana siguiente papá rompió su silencio y me contó lo ocurrido con Don Críspulo.
Alguien le había acusado de tener unos libros que no debía y aquello le había costado la vida.

Algo me decía que debía subir al desván, corrí hasta él, allí descubrí el baúl abierto y vacío.

             -No los busques Milagritos, esos libros que buscas son los que le costaron la vida al maestro. Vino a buscarlos para que los encontraran en su casa y así salvarte de que quedaras huérfana.-

Aquel día Don Críspulo me dio la mejor lección de mi vida, aún fuera de la escuela había sido mi mejor maestro.

Esa mañana me senté junto a aquel hoyo recién tapado la noche anterior y hablé durante horas con Don Críspulo, le prometí cuidar de aquel montón de arena y leerle siempre que me fuera posible.
Después regresé al desván a mirar aquel baúl vacío, así descubrí una pequeña ranura, metí mis dedos en ella y tiré hacia arriba de una tabla que parecía hacer de fondo; bajo ella encontré algunos paquetes envueltos en papel de periódico.
Los abrí uno a uno como quien abre un regalo de Navidad o de cumpleaños.
Así fui descubriendo algunos tesoros.

El primero fue un libro del que Don Críspulo me había hablado en muchas ocasiones, "La Regenta", siempre me decía que algún día podría  leer esa maravilla de la literatura.
Entonces pensé que aquella sería mi lectura con él, con quien había sido mi maestro, siempre a escondidas y en el momento adecuado.

El segundo paquete me descubrió a Pepita Jiménez de Juan Valera, en cuyo interior había una dedicatoria dirigida a mamá , de alguien que firmaba con dos iniciales, G.S.
Hojeé rápidamente el libro y entre sus páginas encontré unas cartas dirigidas a mi madre, cuyo remitente eran las mismas iniciales misteriosas de la dedicatoria.
Pasé el resto del día leyendo aquel libro y pensando en aquellas iniciales, cuanto más pensaba en ellas menos familiares me resultaban.
Envolví de nuevo los libros en el papel de periódico y los dejé en el lugar donde los había encontrado, pero las cartas me las llevé conmigo.
Nunca le conté a mi padre mi nuevo descubrimiento.

Al día siguiente, al terminar mis tareas en casa, salí a visitar a mis muertos, desde hacia unos días mi lista había aumentado.
Les conté a mamá, a doña Manolita y a don Frasco lo ocurrido con Don Críspulo y el barbero.
Hasta llegar a donde estos últimos estaban enterrados, había un buen trecho, fue así como descubrí una tumba en la que apenas había reparado antes, tenía flores frescas, Ginés Sánchez, un joven sacerdote que estuvo en el pueblo apenas unos meses después de salir del seminario, una peritonítis lo mató en pocas horas.
Aquel nombre coincidía con las iniciales de las cartas a mi madre y la dedicatoria del libro.
Tentada estuve de darme la vuelta y correr hacia casa, pero le debía mi visita a Don Críspulo y además tenía que contarle mi descubrimiento.

Me senté junto a aquel montón de arena y le conté lo de mis libros nuevos y las cartas, le prometí volver pronto, le pedí disculpas por tan rápida visita y me marché, la curiosidad me estaba matando.

Al llegar a casa mi padre me esperaba para cenar, apenas hablaba y después de lo ocurrido días atrás estaba aún más triste y callado que de costumbre, aunque reconozco que conmigo nunca tuvo apenas muestras de cariño.
Aquella misma noche comencé a leer las cartas encontradas en el desván.

Mi madre se carteaba con el joven cura desde que este cursaba estudios en el seminario, por lo que pude intuir, eran familia lejana, mis abuelos y los padres de Gines eran primos; él al marcharse del pueblo comenzó correspondencia con mi madre.
Poco a poco fui descubriendo en aquellas cartas una historia de amor prohibida, los dos jóvenes estaban enamorados, pero sus familias se oponían a su amor, no precisamente por su parentesco lejano, si no por el enfrentamiento de unas lindes de tierra.
Así Gines fue enviado al seminario y mi madre se casó con mi padre obligada por mis abuelos.
Mi padre siendo mucho mayor que ella asintió a su matrimonio, siempre la había querido.

Entonces entendí el porqué de aquel libro dedicado, en el fondo se sentían identificados con aquella historia que Juan Valera contaba en sus páginas.
Aquellas cartas continuaron aún estando mi madre ya casada.

La última carta tenía fecha de una semana antes de la llegada de Gines al pueblo como sacerdote, así se lo hacía saber a mi madre en ella.

Quise pensar que  con esa última carta terminaba aquel amor prohibido y que no había sido más que un acto de rebeldía de dos jóvenes que creían estar enamorados.

Fue a los pocos días, cuando regresé a la tumba de mi maestro con "La Regenta", cuando encontré en aquel libro un sobré cuyo remitente esta vez era mi madre.
Me senté y lo abrí con miedo, pero sobre todo expectación, en él encontré una carta escrita por mi madre con su exquisita y esmerada ortografía.

               "Mi amado Gines, es mi deber decirte que me encuentro en estado de buena esperanza y que me temo que el hijo que espero es tuyo.
Aún no me he atrevido a anunciarle a mi marido el estado en el que me encuentro, pero me temo que no puedo ni debo ocultarle por más tiempo esta noticia.
Espero que mi secreto esté a salvo contigo.
                                      Siempre tuya, Esperanza."

Con aquella carta fechada un día antes de la muerte del sacerdote, descubrí que no era la hija del enterrador, si no la hija del cura.
Y que aquel hombre murió sin saber que yo iba a nacer, siendo el fruto de su amor con mi madre.
Una hija que perdió a su madre y creció junto a un hombre que no era su padre, un hombre que sabía o intuía que yo no era suya.



domingo, 21 de mayo de 2017

Nunca es tarde....

Dicen que nunca es tarde sí la dicha es buena.


Pues más vale tarde que nunca, para ver al grupo con el que has crecido, te has enamorado, te has desengañado y te han acompañado en días de alegrías y penas.

Ayer 20 de mayo y 32 años después de su primer disco, pude disfrutar de ellos, de ellos de los Hombres G en Cáceres, en mi ciudad.


Una cuando llega a una edad, disfruta todo de otro modo, desde la madurez todo tiene otro matiz.
Pero ayer regresé a mis 15 años, a esos años de emociones a flor de piel y adrenalina desbordada.
Canté todas y cada una de las canciones como sí no hubiera un mañana, cuando ponía mis discos de vinilo en casa, soñando con sus conciertos y aprendiendome todas las letras.


Reconozco que desde que hicieron el anuncio de su actuación aquí, los días fueron diferentes, me he levantado cada mañana escuchando todas sus canciones, no quería olvidar ni una sola letra.

Desde aquí, desde este humilde blog, gracias por hacernos soñar una vez más.
Gracias por regalarnos una maravillosa e inolvidable noche, no dejéis de cantar nunca, no dejéis de hacernos soñar. 
Gracias por tanto, sois y seréis eternos.


miércoles, 17 de mayo de 2017

No nos hacemos viejos, nos hacemos sabios.

El día que cumplí los cuarenta, todos se empeñaban en repetirme que tenía que pasar por una crisis, al parecer es obligatorio pasar por una al cumplir esa edad.

Lejos de plantearme una, me di cuenta que sencillamente cumplía una etapa de mi vida y comenzaba otra, comenzaba la segunda mitad de mi vida, según parece tenemos una media de vida de unos ochenta años.

Estoy a punto de cumplir alguno más de los cuarenta y debo decir que aún no he pasado por la temida crisis, créanme sí les digo que lo pase peor el día que cumplí los dieciocho, ese día en que piensas que vas a comerte el mundo y te das cuenta que el mundo no se come.

Es cierto que a partir de los cuarenta he vivido situaciones muy intensas, una ruptura amorosa que marcó un ante y un después, un despido laboral, un cambio de ciudad, el darme cuenta que el amor de mi vida sigue siendo el mismo, regresar a mi ciudad y hacer realidad un sueño, publicar mi primer libro.
Ah y correr medias maratones, algo que con veinte años jamás me plantee.

A partir de esa edad he aprendido a valorar y disfrutar mucho más todo lo que hago y por supuesto lo que tengo.

Mi familia, una familia pequeña pero muy unida, sigo teniendo a mis padres conmigo, sólo con eso ya soy feliz cada día.

Mis amigos, pocos pero bien avenidos, esos que siempre están en las duras y en las maduras, de los que sí hay que reír se ríe y sí hay que llorar se llora, de ellos he aprendido grandes lecciones.

Disfruto de pequeños placeres, un café en buena compañía y a veces en solitario, hace unos años me horrorizaba entrar sola en una cafetería, los años me han ayudado a superar miedos, también me han traído otros.

Una tarde de domingo, de esas de sofá y un buen libro, de una mediodía de vinos con los amigos que se alargan hasta altas horas de las tardes.

Y de mis paseos en soledad, reconozco que he aprendido a tener momentos para mi, de soledad elegida me gusta salir a pasear en solitario, unas veces con música otras sin ella, pero siempre dispuesta a conocerme un poco más, porque lo crean o no, aún me sigo conociendo, ¿no les ha pasado que en ocasiones nos preocupamos por conocer a los demás, cuando nosotros mismos somos unos grandes desconocidos?

Pues eso, que a unos días de estar más cerca de los cincuenta que de los cuarenta, voy a cumplir cuarenta y seis, vivo de otro modo, ni mejor ni peor, pero sí veo la vida desde otra perspectiva, que no sé sí es cierto eso que dicen que las mujeres somos como el buen vino, que mejoramos con los años, en cierto modo me da igual, que me quiten lo bailao.

Yo llevo unos días recordándome una frase que me encontré hace unas semanas en una furgoneta, "No nos hacemos viejos, nos hacemos sabios."


martes, 16 de mayo de 2017

El don

Tus te quiero tienen el don de calmarme, de hacer que me sienta tranquila, que mis dudas se conviertan en seguridades.

Tus mirada tienen el don de hacerme especial, de sentirme como en casa en tus ojos.

Tus labios tienen el don de hacer que me estremezca en cada uno de tus besos y me acomode en tus sonrisas.

Tú tienes el don de encontrarme cada vez que me siento perdida.


Desgarradora carta

Siempre he sido una gran admiradora de Virginia Woolf, escritora de cabecera desde que comencé mi pasión por la lectura y la escritura.

Hoy después de leer no sé por cuantas veces "Una habitación propia" y de ver la película "Las horas".

He buscado esta carta que Virginia le escribió a Leonard, su marido, poco antes de lanzarse al río para suicidarse.

Os dejo una foto de la carta original y su traducción.

"Querido:

Estoy segura de que me vuelvo loca de nuevo. Creo que no puedo pasar por otra de esas espantosas temporadas. Esta vez no voy a recuperarme. Empiezo a oír voces y no puedo concentrarme. Así que estoy haciendo lo que me parece mejor. Me has dado la mayor felicidad posible. Has sido en todos los aspectos todo lo que se puede ser. No creo que dos personas puedan haber sido más felices hasta que esta terrible enfermedad apareció. No puedo luchar más. Sé que estoy destrozando tu vida, que sin mí podrías trabajar. Y sé que lo harás. Verás que ni siquiera puedo escribir esto adecuadamente. No puedo leer. Lo que quiero decir es que te debo toda la felicidad de mi vida. Has sido totalmente paciente conmigo e increíblemente bueno. Quiero decirte que… Todo el mundo lo sabe. Si alguien pudiera haberme salvado, habrías sido tú. No me queda nada excepto la certeza de tu bondad. No puedo seguir destrozando tu vida por más tiempo.
No creo que dos personas pudieran haber sido más felices de lo que lo hemos sido nosotros.

V."



(Carta de Virginia Woolf, a su marido Leonard, justo antes de  ahogarse en el río).

domingo, 14 de mayo de 2017

Noches sin ti...

Me gustan las noches en las que apenas duermo, porque significan que te pienso más.

 Me gustan las noches de insomnio, con medias sonrisas en la cara, recordando sonrisas completas.

Me gustan esas noches sin ti, porque incluso en esas te siento cerca de mi.
Y es que me gusta todo aquello que tiene que ver contigo.

Porque incluso cuando no estás..., estás.



Cielos de una mañana de domingo

Hoy he vuelto a mis andadas.
Me he pasado más tiempo mirando al cielo que al suelo, últimamente ando demasiado por las nubes, no se sí en un intento de huir de la monotonía o simplemente porque me he cansado o aburrido de ver siempre los mismos suelos.

Estos son mis cielos de hoy...
Un paseo por las nubes y los cielos de Cáceres...